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Otra vez marzo llega con mochilas nuevas y preguntas viejas

Lic. Fernando Bonforti
Lic. Fernando Bonforti
Director de FB Educación & Gestión

El inicio del ciclo lectivo vuelve a exponer problemas estructurales que ningún calendario logra tapar del todo.

Otra vez marzo llega con mochilas nuevas y preguntas viejas

Campana
23 de Febrero de 2026

Marzo vuelve a ordenar la escena pública alrededor de un ritual que se repite cada año: el inicio de clases. Las mochilas nuevas, los guardapolvos planchados, las fotos del primer día y las expectativas renovadas. Pero detrás de esa postal conocida, reaparecen también las mismas preguntas que el sistema educativo argentino arrastra desde hace décadas y que ningún comienzo formal logra disipar. Preguntas incómodas, persistentes, estructurales.

Las condiciones reales del inicio

Porque empezar las clases no es simplemente abrir las puertas de las escuelas. No es un gesto administrativo ni una fecha marcada en el calendario escolar. Es, o debería ser, la puesta en marcha de un proyecto educativo sostenido en condiciones reales: docentes con salarios dignos, edificios en condiciones, cargos cubiertos, planificación pedagógica, equipos directivos fortalecidos, comedores funcionando y transporte garantizado. Cuando eso no está, el “inicio” se vuelve una consigna vacía, un anuncio más que no logra ocultar la fragilidad del sistema.

Quienes caminamos escuelas sabemos que el inicio de clases rara vez se parece a los comunicados oficiales. La experiencia cotidiana muestra otra cosa: incertidumbre, improvisación y conflictos que no aparecen de un día para otro, sino que se acumulan durante meses, incluso años. El problema no es que los conflictos surjan en marzo; el problema es que llegan a marzo sin haberse resuelto.

El discurso de la normalidad y el conflicto docente

Cada año, el discurso oficial suele insistir en la idea de normalidad. Se habla de “arranque del ciclo lectivo”, de “regreso a las aulas”, de “prioridad educativa”. Sin embargo, esa normalidad es frágil y, muchas veces, apenas enunciada. Basta con mirar con atención el funcionamiento real de las escuelas para advertir que lo que se presenta como excepcional se ha vuelto rutina.

En ese contexto, el conflicto docente - y la posibilidad de medidas de fuerza - vuelve a ocupar el centro de la escena. Y conviene decirlo con claridad: el paro no es la causa del problema, sino uno de sus síntomas más visibles. No surge por capricho ni por oportunismo. Aparece, casi siempre, en el momento en que el sistema se tensa al máximo y las deudas pendientes ya no pueden seguir siendo postergadas. Salarios que pierden frente a la inflación, condiciones laborales deterioradas, falta de inversión sostenida y promesas que se renuevan cada año sin traducirse en cambios profundos.

No se trata de tomar partido de manera automática, pero tampoco de mirar para otro lado. Cuando el conflicto docente se repite cada marzo, algo está fallando antes. Y no se resuelve señalando al último eslabón de una cadena que viene tensionada desde arriba. Reducir el debate educativo a la pregunta de si hay o no clases es un error frecuente y, en muchos casos, funcional a una mirada superficial del problema.

Dificultades estructurales y la realidad en Campana

La discusión de fondo debería ser otra: qué escuela empieza, en qué condiciones y con qué horizonte. Porque una escuela que abre sin resolver sus problemas estructurales empieza, sí, pero empieza mal. Empieza cargando sobre sus espaldas una precariedad que luego se naturaliza y se arrastra durante todo el año.

El inicio del ciclo lectivo es, además, un hecho profundamente político. No en el sentido partidario, sino en su dimensión más amplia: expresa decisiones, prioridades y ausencias del Estado. Cada escuela que abre sin calefacción, cada cargo que queda vacante, cada suplencia que no llega a tiempo, cada docente que debe multiplicar horas para llegar a fin de mes habla de un modelo educativo que se sostiene más por la vocación individual que por una política pública sólida.

A nivel local, estas tensiones no son ajenas. En la mayoría de las escuelas del país, el inicio del ciclo lectivo está atravesado por dificultades que rara vez ocupan los comunicados oficiales. Campana no es ajena a esa realidad. Problemas de infraestructura que se resuelven tarde o a medias, obras que no llegan a tiempo, cargos sin cubrir durante semanas, equipos docentes sobrecargados y familias que deben reorganizar su vida cotidiana frente a la incertidumbre forman parte del inicio real del ciclo lectivo, aunque no siempre se diga.

La educación como prioridad práctica

La educación suele ser invocada como prioridad, pero pocas veces tratada como tal en la práctica. Priorizar implica anticiparse, planificar, invertir y sostener políticas en el tiempo. No alcanza con celebrar el primer día de clases si el resto del año transcurre en emergencia permanente. Tampoco alcanza con responsabilizar a un solo actor de un problema que es sistémico y acumulativo.

También es necesario correr la discusión de los lugares comunes. Ni idealizar a los docentes ni demonizarlos. Ni negar los conflictos ni usarlos como herramienta de disputa política coyuntural. La escuela es un espacio complejo, atravesado por demandas sociales cada vez más profundas: desigualdad, pobreza, violencia, fragmentación social. Pretender que funcione como si nada de eso existiera es desconocer su realidad cotidiana.

Marzo como momento de balance

Marzo, entonces, no debería ser solo un punto de partida, sino un momento de balance. Una oportunidad para preguntarnos por qué, año tras año, las mismas tensiones reaparecen. Por qué el inicio del ciclo lectivo sigue siendo una carrera contrarreloj. Por qué la educación parece estar siempre empezando, pero nunca terminando de consolidarse como una política de Estado sostenida y previsible.

Hay algo profundamente contradictorio en celebrar el comienzo de clases mientras se normaliza que ese comienzo sea incierto. En pedirle a la escuela que contenga, incluya y eduque, mientras se le niegan las condiciones mínimas para hacerlo. En exigir resultados sin garantizar procesos.

Tal vez el mayor problema no sea que las clases no empiecen un día determinado. El problema es que, cuando empiezan sin condiciones, se naturaliza un funcionamiento precario que después nadie se hace cargo de revertir. Y mientras discutimos el calendario, volvemos a perder de vista lo esencial: la educación no se inaugura en marzo, se construye todo el año. O no se construye.


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